Por: Equipo Auditool
Lo firmaron, lo archivaron, lo olvidaron. Aprende a convertir tu estatuto en un escudo de autoridad y no en papel decorativo.
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Seamos honestos: ¿cuándo fue la última vez que consultaste el estatuto de auditoría interna de tu organización? Si tu respuesta es «cuando lo firmaron» o, peor aún, «nunca», no estás solo. En la práctica cotidiana de la auditoría interna, el estatuto suele convertirse en ese documento ceremonial que se firma con solemnidad, se archiva con indiferencia y se olvida con facilidad.
Sin embargo, las Normas Globales de Auditoría Interna (NOGAI) son inequívocas al respecto: el estatuto no es un requisito burocrático, sino el fundamento legal y operativo de toda la función. Es el documento que define quiénes somos, qué podemos hacer y, crucialmente, qué autoridad tenemos para hacerlo.
La pregunta incómoda que debemos hacernos es: si el estatuto existe pero nadie lo respeta —ni siquiera nosotros mismos—, ¿realmente tenemos el mandato que creemos tener?
El estatuto como escudo, no como adorno
Las NOGAI, en su Dominio III sobre Gobierno, establecen que el estatuto de auditoría interna debe definir formalmente el propósito, la autoridad y la responsabilidad de la función. Pero más allá del cumplimiento normativo, el estatuto cumple una función estratégica que muchos Directores de Auditoría Interna (DAI) subestiman: es tu escudo cuando las cosas se ponen difíciles.
Imagina este escenario: solicitas acceso a información sensible para una auditoría y el gerente de área te lo niega argumentando «confidencialidad». Sin un estatuto vigente, aprobado por el Consejo y conocido por la organización, tu solicitud se convierte en una negociación de poder. Con un estatuto robusto, es un derecho establecido que simplemente estás ejerciendo.
"Un estatuto bien diseñado no te da poder; formaliza el poder que la organización ya decidió otorgarte."
Los cinco síntomas de un estatuto moribundo
¿Cómo saber si tu estatuto necesita resucitación urgente? Estos son los síntomas más comunes:
Primero, la antigüedad sin revisión. Si tu estatuto tiene más de dos años sin actualizarse, probablemente ya no refleja la realidad de tu función ni los riesgos actuales de la organización. Las NOGAI recomiendan revisión periódica, idealmente anual.
Segundo, el desconocimiento generalizado. Si preguntas a cinco gerentes qué dice el estatuto de auditoría y ninguno puede responder, tienes un problema de comunicación que erosiona tu autoridad.
Tercero, la ausencia de referencias. Cuando emites un informe o solicitas información, ¿citas el estatuto como fundamento de tu autoridad? Si nunca lo haces, estás desperdiciando tu herramienta más poderosa.
Cuarto, los conflictos recurrentes de acceso. Si constantemente enfrentas resistencia para obtener información o acceso a personas, es probable que el estatuto no sea lo suficientemente claro —o que nadie sepa que existe.
Quinto, la desconexión con la realidad. Si tu estatuto habla de «auditorías tradicionales» pero tu equipo hace analítica de datos, consultoría y auditoría continua, el documento ya no te representa.
Anatomía de un estatuto que sí funciona
Un estatuto efectivo, alineado con las NOGAI, debe contener elementos esenciales que van más allá de las declaraciones genéricas. Necesita un propósito claro que conecte la auditoría interna con la generación de valor y el logro de los objetivos organizacionales, no solo con el «cumplimiento» o la «detección de fraudes».
Debe incluir autoridad explícita e irrestricta: acceso a todas las personas, información, activos y registros necesarios para el trabajo. Esta cláusula debe ser amplia, sin excepciones ambiguas que luego se usen en tu contra.
Es fundamental establecer independencia organizacional, especificando las líneas de reporte funcional al Consejo o Comité de Auditoría y administrativa a la alta dirección. También debe detallar el alcance de servicios, tanto de aseguramiento como de consultoría, con claridad sobre cuándo aplica cada uno.
Finalmente, debe definir responsabilidades del DAI, incluyendo la obligación de reportar sobre el estado de la función, los impedimentos encontrados y la evaluación de calidad.
Tres acciones para revivir tu estatuto hoy
La buena noticia es que transformar un estatuto ignorado en uno respetado no requiere una revolución, sino acciones concretas y consistentes.
La primera acción es revisarlo contra las NOGAI actuales. Toma tu estatuto vigente y compáralo punto por punto con los requisitos del Dominio III. Identifica brechas, lenguaje obsoleto o ambigüedades. Este ejercicio solo toma unas horas, pero puede revelar vulnerabilidades críticas.
La segunda acción es socializarlo activamente. No basta con que el Comité de Auditoría lo apruebe; la organización debe conocerlo. Considera presentarlo en reuniones de liderazgo, incluir extractos relevantes en tus comunicaciones y citarlo explícitamente cuando ejerzas tu autoridad.
La tercera acción es usarlo como herramienta viva. Cada vez que enfrentes resistencia, cada vez que alguien cuestione tu autoridad, recurre al estatuto. No como amenaza, sino como referencia objetiva: «Conforme al estatuto aprobado por el Consejo, la función de auditoría interna tiene acceso irrestricto a...». Esta práctica, sostenida en el tiempo, cambia la cultura.
El momento es ahora
El inicio de año marca el momento ideal para esta revisión. Antes de lanzarte a ejecutar el plan anual de auditoría, asegúrate de que el fundamento de tu autoridad esté sólido. Un plan ambicioso construido sobre un estatuto débil es como edificar sobre arena.
Las NOGAI no solo exigen que tengas un estatuto; exigen que ese estatuto sea efectivo, conocido y respetado. La diferencia entre un auditor interno que lucha constantemente por legitimidad y uno que opera con autoridad reconocida muchas veces no está en sus habilidades técnicas, sino en la solidez de su mandato formal.
"Tu estatuto no es un documento que describes lo que haces. Es el documento que te autoriza a hacerlo."
Así que antes de planificar la próxima auditoría, hazte esta pregunta: si mañana alguien desafiara tu autoridad, ¿tu estatuto te respaldaría? Si la respuesta no es un rotundo «sí», ya sabes cuál es tu primera tarea del año.